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07/02/2021

La repoblación de Tarragona, una historia del Far West

By Hector Mir
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Cuando en España hablamos de “Far West”, pensamos en Almería. Ciertamente, allí se recreó el Far West para rodar películas. Pero hay un lugar en el que existió una verdadera historia del Far West, una historia de ambición, poder, violencia, venganza y muerte: Tarragona.

Todo esto ocurrió hace mucho tiempo. O, mejor dicho, hace muchas lunas. Al este del Gran Territorio, el gobernador del pequeño Estado de Sardannah, Ray Berenger, decidió que había llegado la hora de ampliar las fronteras, iniciando una campaña hacia el oeste, hacia los territorios ocupados por los pieles rojas. La campaña fue un éxito hasta llegar al Río Bravo, donde la caballería tuvo que detenerse.

Más allá del Río Bravo se extendía una vasta llanura donde se apreciaban las ruinas de lo que parecía haber sido una gran ciudad junto a la costa. Se dice que esa gran ciudad fue construida por una antigua civilización, el pueblo Rosarosae, y que le dieron el nombre de Tarrakhonnah, que en su lengua significaba “la ciudad de los que pelan cañas”.

Con el tiempo, los Rosarosae entraron en decadencia y fueron conquistados por los pieles rojas, que curiosamente, en lugar de asentarse en la ciudad, lo hicieron en las vecinas montañas que rodean por oeste y norte esta llanura, conocida como Khamp, que significa “terreno de ajos tiernos alargados”. 

La presencia de los pieles rojas en las montañas hacía que la vida en la llanura fuera inexistente, ya que cualquier caravana de colonos que osara adentrarse en esas inhóspitas tierras era atacada y asaltada. Un territorio solo apto para los más aguerridos y temerarios cuatreros y forajidos. 

Las lunas iban pasando y el gobernador Berenger se veía impotente para conquistar esas tierras. Entonces, en un rapto de inspiración, creyó haber encontrado la solución.

Creó el Condado de Tarrakhonnah y se lo dio a un hombre de su confianza, el reverendo Olly Von Strugle, para que lo ocupase y repoblase. “Por fin me he quitado el muerto de encima”, pensó el gobernador, y se volvió a sus quehaceres y obligaciones en Peepineville, la capital del Estado.

ossaris catedral de Tarragona
Catedral de Tarragona. Osarios de arzobispos medievales

Al buen reverendo, al que le provocaba urticaria solo pensar en la posibilidad de encontrarse con un piel roja, la noticia le cayó como un jarro de agua fría. Pero, en otro rapto de inspiración, no tardó en encontrar la solución.

Creó el cargo de sheriff del Condado, que sería el encargado de ocupar y repoblar Tarrakhonnah. “Por fin me he quitado el muerto de encima”, pensó el reverendo, y se volvió a Peepineville a seguir con lo suyo.

El agraciado con la placa de seis puntas fue un tal Robert, de origen francés, conocido también por Bordet, por ser un hombre serio, arisco y poco dado a las alharacas. Robert tenía buenas referencias, ya que anteriormente había sido sheriff en el vecino Estado de Aregon, con grandes resultados. 

Lo primero que hizo el flamante nuevo sheriff fue adecentar los restos de la antigua ciudad, que, abandonada y destruida como estaba, parecía un monumento romano. Lo siguiente fue buscar colonos que quisieran asentarse en el Condado, lo cual ya fue más difícil, porque en aquellos tiempos, la alergia a los pieles rojas estaba muy extendida y la gente no tenía demasiada afición a dejarse cortar la cabellera así como así. 

Robert fue de aquí para allá, intentando encontrar valientes vaqueros y animosos granjeros que quisieran instalarse en su Condado. Cuentan que en su empeño, incluso viajó hasta tierras lejanas y que, cuando Robert se ausentaba en busca de colonos, su mujer Sybille vigilaba Fort Tarraco (que así se llamaba entonces) desde la empalizada, Winchester en ristre. El resultado de tanto viaje no parece que fuese para tirar cohetes (eso si hubiesen sabido lo que eran y los hubieran tenido).

Pasaron varias lunas más. El viejo gobernador murió y le sucedió en el cargo Ray Berenger Junior, casualmente su hijo. También había muerto el reverendo Olly, siendo sucedido por el reverendo Hugh Braintree, natural de Syracuse, Utah. Los nuevos mandatarios querían estrenar sus cargos celebrándolo a lo grande y se lanzaron a la conquista de más tierras propiedad de los pieles rojas. 

Los Casacas Azules del gobernador consiguieron conquistar primero el territorio de los Pahs-tiseths, situado al oeste del Condado de Tarrakhonnah, y después las tierras de los Kahra-kohlees, al noroeste.

Todo el territorio estaba ocupado por los Casacas Azules… ¿Todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles pieles rojas de la tribu de los Siurhannas resistía al invasor. De ellos se encargó el Séptimo de Caballería, no sin penas y esfuerzos. Ya no quedaban pieles rojas en la costa que pudieran impedir que el Condado por fin creciera. 

Y a eso se pusieron el gobernador y el reverendo, un tanto hartos de los pocos resultados conseguidos por el sheriff Robert. A partir de ese momento, el reverendo llevaría las riendas del Condado, ayudado por el gobernador. 

Por aquel entonces, Robert también había muerto. A sus hijos, cuatro rudos mocetones nacidos y crecidos en la dura vida y los peligros de la frontera, la nueva situación no les entusiasmó en absoluto. Will, el sucesor de su padre, Bobby, Ritchie y Bernie estaban furiosos. ¡Nadie tenía que decirles a ellos cómo gobernar el Condado y menos unos pisaverdes de la capital!

Que el reverendo se asentase en Fort Tarraco y que tuviese un carácter difícil tampoco ayudó a mejorar la situación. Pronto, las disputas entre partidarios de unos y de otros hicieron insoportable la vida en todo el Condado.

En el saloon, entre tumultuarias peleas, no había día que no tuvieran que renovar la cristalería o que alguien fuera invitado a salir directamente por la ventana. Los cruces de acusaciones entre el reverendo y los hijos del difunto sheriff eran constantes e iban en aumento: que si te has apropiado de la casa del ayudante del sheriff y has montado una casa de señoritas, que si sois unos cuatreros, que si…

El gobernador, harto de tanto follón, decidió intervenir. Organizaría un juicio y él mismo sería el juez, que para eso era el gobernador. El juez-gobernador dio la razón en algunas cosas a unos y en otras cosas a otros.

Como suele ocurrir en los juicios, la sentencia no contentó a nadie. El reverendo, rojo de furia, salió de la sala vociferando que no había justicia, que era un atropello y que se vengaría. Los cuatro hermanos, si bien tampoco quedaron contentos del todo, se fueron a abrir unas cuantas botellas de ratafía de Kentucky. 

talla robert daguilo
Talla de Robert de Aguiló con Tarragona al fondo

Mas las luces del nuevo día trajeron consigo la tragedia. Fue hallado el cuerpo sin vida de Will, el hermano mayor. Además, el cadáver presentaba signos claros y evidentes de que el susodicho no había estado mucho por la labor de irse de este mundo por propia voluntad. O eso o tuvo la mala pata de tropezar trece veces sobre el mismo cuchillo. ¡Que ya es mala pata!

Los hermanos, al enterarse del luctuoso suceso, si bien no eran tan duchos en matemáticas como para dilucidar que dos más dos son cuatro, aplicaron la cuenta de la vieja y llegaron a la misma conclusión: “el reverendo ha asesinado a nuestro hermano, ¡maldito hijo de Utah!” (Recordemos aquí que, efectivamente, era nacido en dicho Estado).

Al instante, retaron al pérfido reverendo a un duelo en Lo Corral, un descampado al lado de Fort Tarraco donde se celebraban las ferias y mercados. Años más tarde, a alguien se le ocurrió poner aquí una fuente, por lo que este lugar pasó a ser conocido por el original nombre de Plaza de la Fuente.

Este duelo, de gran repercusión, fue conocido originariamente como “Duelo en Lo Corral”, si bien, en honor a la verdad histórica, hay que denunciar que su verdadero nombre ha llegado adulterado a nuestros días  por una mala traducción en una película. 

Y allí se encontraron todos, cara a cara. Gruesas gotas de sudor perlaban sus frentes. Se mascaba la tensión y la tragedia. Desenfundaron y, pese a lo que se diga, seis balas de un Colt 45 no son lo mismo que dieciocho. Allí dio su último suspiro el reverendo, convertido en algo parecido a un colador o a un queso Gruyère. 

Llegada la noticia a Peepineville, la capital del Estado, el gobernador montó en colera, juró que los machacaría, que los trituraría, que los haría pedacitos y que luego los torturaría. Y empezó a hacer nudos a unas sogas. El nuevo reverendo, elegido en sustitución del fallecido, no estaba de mejor humor. ¡Que qué era eso de ir liquidando reverendos, que ni que fuéramos ingleses y que eso no iba a quedar así! 

Los hermanos, viendo la que les iba a caer encima, decidieron poner tierra de por medio y huyeron a ponerse bajo la protección de los pieles rojas. “Más vale malo conocido…”, dijeron.

El gobernador y el nuevo reverendo, ahora dueños y señores del Condado, se dividieron las tareas en plan “tú nombras al sheriff y yo nombro al juez y repartimos a medias”. Volvió la tranquilidad. Caravanas de nuevos colonos iban llegando, creando nuevos ranchos y poblados, y la prosperidad y el comercio florecieron en la que ya se empezaba a conocer como Tarraco City.

THE END

PD: Si crees que he exagerado contando esta historia, repasa como fue la repoblación de Tarragona en el siglo XII y verás que la realidad siempre supera a la ficción.

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Hector Mir
Historiador de Tarragona y su territorio, arqueólogo y archivero. También ha tocado el órgano en grupos yeyés como Pirats y Los Glosters. Desde 2016 archiva documentos en el Reino Unido de la Gran Bretaña.

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