24/05/2020

Confinado en la Catedral

By Adrià Cuartielles
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Que el Estado Mayor te obligue a confinarte indefinidamente es sin duda una pesadilla, pero pensar que una pandemia acecha las calles de la ciudad como si de la peste se tratara es sin duda de película. Y más de película es quedarse confinado en la Catedral de Tarragona, por eso os voy a contar lo que me pasó.

Todo se remonta al jueves 13 de marzo de 2020. Eran las 13:15 y salí del colegio. Me apresuré a recoger a mis dos hermanos y subir a casa, no sin antes pasar a buscar a unos tíos que venían de México. Hasta aquí, todo normal. Subimos a casa y, entre besos y abrazos, se oía vibrar un móvil de fondo. Era el de mi padre y la llamada era de mi profesora de piano, que me notificaba la suspensión de todas las clases en el Conservatorio debido al COVID-19. La noticia me sentó un poco mal, así que me senté en el sofá para calmarme, encendí la televisión y no me lo podía creer: el M.H.Sr. presidente de la Generalitat de Catalunya comunicaba el cierre total de las escuelas catalanas. ¡Un poco más y me desmayo!

Inmediatamente, mi móvil enloqueció con decenas de llamadas y mensajes, tenía tantos que no me dio tiempo ni de comer y tuve que bajar al colegio corriendo, donde me confirmaron el cierre temporal del centro. Al salir, fui al supermercado más próximo y, con la mochila llena de libros y los brazos llenos de bolsas con víveres, subí a casa. Ese fue mi último paseo por la ciudad. No fue hasta el sábado 15 de marzo cuano la catedral cerró sus puertas de forma improvisada a los pocos turistas que aun vagaban por una ciudad ya fantasma. Ese mismo día nos informaron de la suspensión de misas hasta nuevo aviso y del cierre indefinido de lugares de culto. Era algo inimaginable.

Pasaron un par de días y mi padre y yo hacíamos pequeñas tareas, entre ellas, quitar las velas que ya se habían consumido. El lunes, mientras estaba haciendo esta tarea, me quedé de piedra; la catedral estaba oscura aunque era mediodía. Los grandes ventanales iluminaban la catedral con una luz mística y no había ni una sola vela encendida. Al no ver ni una sola vela, me entraron escalofríos. Las capillas se teñían del negro de la oscuridad, las imágenes perfilaban sombras terroríficas en el suelo, los santos no tenían rostro visible  y una fina corriente helaba el ambiente húmedo. El sonido del silencio se extendía entre los muros, el sonido del nada y el nadie rebotaba entre las capillas, solo yo y las piedras, solo yo y nadie más, era algo que nunca había experimentado.

Me paseaba por las naves laterales como si nunca las hubiera visto antes, sentía un presencia, un algo, un alguien, hay quien diría que era Dios que estaba a mi lado dando un paseo y hay quien diría que eran las almas de todos aquellos que habían muerto dentro del recinto sagrado a manos de asesinos o pandemias como la peste. Al sentir esa presencia, decidí ir al antiguo cementerio, justo al lado de la catedral. Abrí la pesada reja de hierro y entré. La brisa movía los árboles y las hojas se arrastraban por el suelo. La calle estaba desierta, me di un paseo por el cementerio hasta llegar a la capilla de Santa Tecla la vieja y me senté en los escalones de entrada a la capilla. Los gatos se paseaban como si no pasara nada, como si todo fuera normal, pero yo seguía sintiendo la presencia de ese algo, parecía decirme que volviera dentro, así que me levanté y lentamente abandoné el antiguo cementerio, lleno de huesos que sobresalían del suelo. Una vez dentro, me costó abrirme paso, ya que el sol había caído entre las montañas y ahora la catedral permanecía en total oscuridad. Me di un último paseo por el claustro y subí a casa a cenar.

Todos hablaban de lo mismo: confinamiento, coronavirus, histeria colectiva, etc. Los días transcurrían, pesados y aburridos. Cada día, a las 12 del mediodía, tocaba las campanas para el ángelus y posteriormente, 10 minutos de campanadas por todos los muertos, enfermos y personal sanitario, incluso salió en la televisión. De vez en cuando, ponía alguna vela en las capillas para que no se apagaran. Me pasaba el día entero dentro de la catedral, admirando la majestuosidad del silencio. Daba igual lo que pasara fuera, allí dentro el tiempo se había parado. Parecía que retrocediera 700 años, casi podía escuchar la voz de los canónicos cantando gregoriano, podía percibir un algo que me acompañaba, no me dejaba solo ni un mísero instante. Solo cuando alguien estaba conmigo, como mi padre o mis hermanos, ese algo parecía desaparecer.

Ver los museos solo era increíble, tocar el hierro frío de las rejas, pasear, ver y dar de comer a las tortugas del jardín… Todo parecía de película, no sé si sobre el fin del mundo o si sobre una pandemia, pero allí dentro el tiempo se había detenido.

Sin duda, una experiencia inolvidable.

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Adrià Cuartielles
Estudiante, músico y colaborador de Itinere. Nació en la Catedral y ha vivido en ella toda la vida, por eso conoce todos sus secretos. Es un apasionado de la Historia y de todos sus ámbitos.

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